Trump, ¿el "presidente del Disclosure"?
Una valoración en frío

Paolo GuizzardiFoto de Paolo

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El presidente Trump en el Despacho Oval de la Casa Blanca

Donald Trump en el Despacho Oval [Official White House Photo by Joyce N. Boghosian – de whitehouse.gov]

Vuelvo por fin, y con mucho gusto, a escribir en este blog después de bastante tiempo, y lo hago para hablar de Trump y de su iniciativa para la publicación de documentos hasta ahora clasificados sobre ovnis y UAP, conocida por el acrónimo PURSUE. Tuve la tentación de hacerlo cuando salió la primera tanda de archivos, pero preferí esperar un poco para ver qué rumbo tomaban los acontecimientos. Ahora que hemos llegado a la sexta publicación de documentos, creo que ya se puede decir algo con conocimiento de causa.

Tener paciencia, por otra parte, es una lección que he aprendido bien en los cerca de veinte años que llevo ocupándome de UAP y ovnis: he visto no pocos anuncios de "giros históricos" que luego resultaron ser flor de un día. Por eso, cuando oigo hablar de Donald Trump como del presidente del Disclosure, el presidente que por fin nos dirá la verdad sobre los ovnis, siento la necesidad de detenerme a reflexionar. No por escepticismo de manual ni por prejuicio, sino por método.

La actitud de Trump hacia el tema siempre ha sido la de un jugador de póquer. Durante su primer mandato alternaba bromas socarronas con medias alusiones: dijo haber oído cosas "muy interesantes" sobre Roswell, pero no añadió nada más. Y, sin embargo, fue con su firma, en diciembre de 2020, cuando se convirtió en ley la petición al Director de Inteligencia Nacional (DNI) de un informe sobre los UAP. Ese documento, publicado en junio de 2021, fue el primer texto oficial en reconocer la existencia de casos sin explicación.

El cambio de ritmo llegó este año, y de una manera curiosa. Todo empezó con las declaraciones de Obama según las cuales los extraterrestres son reales, luego matizadas al precisar que no había visto pruebas de contactos con la Tierra. Trump aprovechó la ocasión al vuelo, dando a entender que se trataba de información clasificada y prometiendo hacerla pública. No es malicia observar que la jugada tenía también un claro valor de comunicación política, en clave de competencia con el expresidente demócrata.

Qué ha hecho en concreto

Veamos los hechos, uno por uno.

La directiva. El 19 de febrero de 2026 Trump anunció en Truth Social que ordenaría al Departamento de Guerra y a las demás agencias competentes iniciar el proceso de identificación y publicación de los documentos gubernamentales sobre vida alienígena y extraterrestre, fenómenos aéreos no identificados (UAP) y objetos voladores no identificados (ovnis). Vale la pena subrayarlo: en el mensaje no se menciona explícitamente la desclasificación, y no se ha publicado ninguna orden ejecutiva. Todo el edificio se sostiene sobre una orden impartida mediante un mensaje en la red social presidencial y sobre los actos administrativos que las agencias adoptaron después.

PURSUE. En mayo el Departamento de Guerra puso en marcha la PURSUE Task Force, encargada de coordinar la búsqueda, la revisión y la publicación de los documentos sobre UAP. El nombre corresponde a Presidential Unsealing and Reporting System for UAP Encounters, es decir, Sistema presidencial para la desclasificación y divulgación de los encuentros con UAP, y los archivos pueden consultarse en el sitio oficial. La primera publicación, del 8 de mayo, incluía informes, fotos, vídeos, testimonios, documentos militares y transcripciones de astronautas, con casos que van desde 1944-45 hasta hoy. Entre los materiales más interesantes figuran nuevos detalles sobre un objeto avistado sobre la planta nuclear de Pantex, en Texas, en 2015, y un vídeo infrarrojo de un objeto en forma de estrella de seis puntas sobre el mar Amarillo, el 1 de enero de 2025. Hasta la fecha se han publicado documentos de diverso tipo en seis tandas.

Las estructuras de gobierno. En la cúspide hay un UAP Governance Board, un organismo interagencias creado por la administración Trump para coordinar el trabajo de las distintas administraciones que se ocupan de los UAP. El Board cuenta con varios grupos de expertos externos, pero solo se conocen los miembros de uno de ellos: el UAP Science Advisory Council, dirigido por Avi Loeb. Forman parte de él, entre otros, el inmunólogo de Stanford Garry Nolan, el contraalmirante retirado Tim Gallaudet, el escéptico Michael Shermer y el antropólogo Peter Skafish. El propio Loeb ha aclarado que el Consejo tiene un papel puramente consultivo y no tiene acceso a información clasificada. De los demás grupos, cuya existencia ha confirmado la ODNI (la Oficina del Director de Inteligencia Nacional), no se conocen en cambio ni los miembros ni el propósito. No es un detalle menor: el grupo que conocemos trabaja solo con datos no clasificados, mientras que de los que podrían tener acceso a información reservada no sabemos nada.

Los acuerdos de confidencialidad. Esta es quizá la medida de mayor calado. El 21 de julio se supo que Trump había ordenado al Departamento de Guerra y a los servicios de inteligencia permitir que antiguos empleados y contratistas hablaran con AARO o con PURSUE, anulando sus anteriores acuerdos de confidencialidad (NDA). El 31 de julio la ODNI emitió un memorando de aplicación que pide a cada agencia de inteligencia designar a su propio enlace con PURSUE. El 14 de septiembre el Pentágono formalizó una exención que protege a estos testigos de procesos penales y de represalias profesionales.

El balance. Tras seis publicaciones, mi valoración personal del fondo sigue siendo tibia. Entre el material publicado hay sin duda algunas cosas interesantes y decididamente insólitas, pero no existe prueba alguna de contactos extraterrestres, vehículos recuperados o inteligencias no humanas: son solo casos sin resolver, es decir, fenómenos que el gobierno no sabe identificar. Incluso NewsNation, la cadena de Ross Coulthart, nada escéptica en la materia, calificó las primeras tandas de poco relevantes, fuertemente censuradas y a menudo borrosas. El gobierno sostiene que las partes tachadas sirven solo para proteger a los testigos y la ubicación de instalaciones sensibles; lo cierto es que, incluso sin tener en cuenta las tachaduras, en el material publicado no hay nada decisivo.
Se podría pensar que la operación es, en realidad, un Disclosure llevado a cabo de forma muy gradual, pero mi impresión es más bien la de una operación ejecutada con escasa coordinación y obstaculizada por una dificultad sistémica para localizar los documentos que hay que publicar. Por supuesto, por algún sitio hay que empezar, pero los documentos publicados hasta ahora hacen pensar que se trata de la fruta más fácil de alcanzar, es decir, de los documentos más sencillos de encontrar. Otro factor que conviene destacar es la escasez, cuando no la ausencia total, de información de contexto, lo que limita mucho el valor de los documentos publicados, por interesantes que puedan ser.

Hay además un detalle nada secundario: toda la iniciativa se apoya en un anuncio en redes sociales y en los actos de aplicación de las agencias, no en una disposición presidencial formal, y casi huelga recordar que lo que se abre con un mensaje en redes puede cerrarse con la misma facilidad.

En resumen, mucha más transparencia "accesoria" de la que hemos tenido nunca. Pero sobre la cuestión central, nada. Así que, más que el Disclosure, lo que hemos presenciado hasta ahora bien puede llamarse un disclosure – con d minúscula.

Pero ¿qué sería exactamente el Disclosure?

Aquí entramos en el terreno más resbaladizo, y lo digo con franqueza: nadie puede saber qué traería un Disclosure completo. Solo se pueden formular hipótesis razonadas. Las más comunes son tres:

  • Disclosure "suave": la confirmación de que existen fenómenos reales, avanzados y no terrestres, sin decir quiénes son ni qué quieren. Es, en esencia, el camino que estamos recorriendo ahora.
  • Disclosure "tecnológico": la admisión de programas de recuperación de naves y de ingeniería inversa, los mismos de los que habló David Grusch, antiguo oficial de inteligencia de la Fuerza Aérea, en su testimonio bajo juramento ante el Congreso en julio de 2023. Tendría consecuencias enormes para la industria, la defensa y el equilibrio de poder entre las potencias.
  • Disclosure "pleno": la confirmación oficial de que los extraterrestres existen, están aquí y los ovnis son sus naves. Es lo que todos entienden cuando pronuncian la palabra, y lo que, en mi opinión, con toda probabilidad no veremos.

Por qué un verdadero Disclosure (muy probablemente) no llegará

El razonamiento es sencillo, casi brutal. Admitir oficialmente que los ovnis son naves extraterrestres significaría admitir otra cosa, y no precisamente menor: que existen entidades que se desplazan con sus naves como y adonde quieren, metiendo las narices en arsenales nucleares y polígonos de pruebas, curioseando alrededor de portaaviones y grupos navales, por no hablar de sus incursiones en los espacios aéreos más protegidos del planeta. Y, lo que quizá sea aún peor para la Casa Blanca, lo hacen sin importarles en absoluto la poderosísima USAF ni el gobierno de los Estados Unidos, que de hecho son del todo impotentes ante ellas.

Y que nadie piense que este interés por lo nuclear es una novedad de nuestros días: es tan antiguo como la propia era atómica. Según las investigaciones de Robert Hastings, ya en enero de 1945, meses antes de Hiroshima, se registró actividad anómala sobre la planta de producción de plutonio de Hanford, en el estado de Washington. Entre 1948 y 1951 las llamadas "bolas de fuego verdes" sobrevolaron repetidamente Los Álamos y la base de Sandia, en Nuevo México, donde se diseñaban las armas atómicas, hasta el punto de que la Fuerza Aérea abrió una investigación específica, el Proyecto Twinkle. En marzo de 1967, en la base de Malmstrom, en Montana, según el testimonio de varios oficiales, entre ellos el capitán Robert Salas, una decena de misiles nucleares Minuteman quedaron repentinamente fuera de servicio justo cuando un objeto luminoso rojo permanecía suspendido sobre las instalaciones de lanzamiento. En 2010, durante una rueda de prensa en el National Press Club de Washington organizada por el propio Hastings, siete veteranos de la USAF relataron episodios similares en varias bases de misiles estadounidenses y en el depósito de armas nucleares de RAF Bentwaters, en Inglaterra. Y, siempre según Hastings, documentos salidos de Rusia a principios de los años noventa indican que lo mismo ocurría en los arsenales soviéticos.
Ni tampoco el interés se limita a las instalaciones militares. Entre octubre y noviembre de 2014, más de una decena de centrales nucleares civiles francesas fueron sobrevoladas, casi siempre de noche, por aparatos nunca identificados, y nunca se encontró a los responsables.
Hay además un aspecto que me parece especialmente significativo: en ninguno de estos casos, al menos que se sepa, ha habido jamás una interceptación con éxito. Desde los cazas que despegaron sobre Washington en el verano de 1952 hasta los F-4 iraníes lanzados en persecución de un objeto luminoso sobre Teherán en 1976, cada vez que se ha intentado acercarse a estos objetos anómalos, se han escabullido con total facilidad, dejando a los pilotos con un palmo de narices. En definitiva, esto dura ya ochenta años, y en ochenta años nadie ha conseguido impedirlo.

Ningún Estado, y mucho menos el que se presenta como la primera potencia mundial, puede permitirse decir a sus ciudadanos: "Estos van y vienen como y adonde les da la gana, nosotros no controlamos nuestro cielo y no podemos hacer nada". El pacto sobre el que se sostiene todo gobierno es la promesa de protección. Un Disclosure pleno sería una admisión de impotencia, y para las instituciones encargadas de la seguridad nacional, especialmente las militares, la impotencia no es simplemente una palabra incómoda: es una imposibilidad ontológica. Su propia razón de ser consiste en poder proteger, y admitir que no pueden hacerlo equivaldría a negarse a sí mismas.

Esta imposibilidad de admitir la impotencia es, a todos los efectos, un tabú. Y encuentra un paralelismo sorprendente en otro tabú, más general, que afecta al Estado en su conjunto y que han analizado de forma magistral dos politólogos de primer nivel: Alexander Wendt, de la Ohio State University, y Raymond Duvall, de la University of Minnesota. En 2008 ambos publicaron en la revista académica Political Theory un ensayo titulado Sovereignty and the UFO (La soberanía y los ovnis), en el que sostienen que la soberanía moderna es antropocéntrica, es decir, se basa en el presupuesto de que el mundo lo gobiernan solo seres humanos, y es precisamente ese presupuesto el que permite a los Estados (y por tanto a los humanos que los gobiernan) exigir lealtad y recursos a sus ciudadanos. Los ovnis, con la mera posibilidad de que detrás de ellos haya una inteligencia no humana, socavan ese fundamento. Según Wendt y Duvall, el poder soberano no puede admitir una excepción al antropocentrismo sin comprometer su propia capacidad de decidir; por eso los ovnis son objeto de un verdadero tabú por parte de las autoridades, políticas y científicas, y solo pueden ser "conocidos" a condición de no preguntarse qué son.
El paralelismo, en mi opinión, es evidente. Del mismo modo que el Estado no puede admitir la existencia de los ovnis sin poner en entredicho los fundamentos antropocéntricos de su soberanía, los organismos de seguridad no pueden admitir su propia impotencia sin negar su razón de ser. Son dos caras del mismo tabú, y en el caso del Disclosure se suman: los ovnis amenazan el fundamento del poder, y su libertad de movimiento pone al descubierto su impotencia.
Hay que decir, por honestidad, que los dos estudiosos no afirman que los ovnis sean extraterrestres: sostienen solamente que no sabemos que no lo sean. Y tampoco hablan de conspiración: el tabú puede operar de manera totalmente inconsciente en la mente de las personas que hacen funcionar las instituciones. Lo cual, en mi opinión, lo hace todavía más tenaz.

No soy el único que piensa que el verdadero obstáculo es institucional más que tecnológico. Peter Skafish, antropólogo y miembro del Consejo Científico presidido por Loeb, ha planteado un razonamiento que va en la misma dirección. Si existiera una interacción de hecho entre el gobierno estadounidense e inteligencias no humanas, ningún Congreso la habría autorizado y ningún tratado la habría ratificado, y muy difícilmente superaría un examen de constitucionalidad. Skafish insiste en precisar que con ello no pretende afirmar que haya ocurrido. Su argumento es que una exposición semejante explicaría ochenta años de silencio mejor que las propias naves, y que el daño para el gobierno sería grave en cualquier caso: tanto si los funcionarios lo sabían como si no. Es la misma trampa que veo yo, vista desde otro ángulo. Se admita lo que se admita, y sea quien sea el presidente, el gobierno sale hecho pedazos.

Se podría objetar que el gobierno podría presentar el asunto de manera tranquilizadora: "Los conocemos bien, llevamos décadas estudiándolos, tenemos la situación bajo control". Aparte de que eso supondría admitir haber mentido deliberadamente durante décadas a la opinión pública estadounidense y mundial, una afirmación de ese tipo no sería más que una mentira patética (de hecho, la última de una larga serie): los datos contradicen ese relato. Lo demuestran casos como el de Pantex, los "orbes" que liberan otros "orbes" cerca de instalaciones sensibles y las repetidas incursiones de "drones" no identificados sobre el territorio continental de Estados Unidos. Pienso en los sobrevuelos de la base aérea de Langley, en Virginia, durante nada menos que 17 días en diciembre de 2023, cuyo origen todavía hoy se desconoce. Y, para quien tenga la tentación de despachar el asunto con un encogimiento de hombros, conviene recordar de qué estamos hablando: no del campito donde los domingos se hacen volar aeromodelos, sino de una de las bases más importantes de la USAF, que alberga varias decenas de F-22 Raptor, el caza de superioridad aérea más avanzado del mundo, y el cuartel general del Air Combat Command, del que dependen todas las unidades de combate de la fuerza aérea estadounidense. Para que conste, fue de aquí de donde despegó, en febrero de 2023, el F-22 que derribó el globo espía chino.

La base aérea de Langley, en Virginia

La base de la USAF de Langley, en el estado de Virginia (Imagen de la USAF del Senior Airman Olivia Bithell – de www.jble.af.mil)

O en los que, confirmados por los militares, tuvieron lugar sobre el Picatinny Arsenal y la Naval Weapons Station Earle, en Nueva Jersey, a finales de 2024. Todos estos episodios demuestran que el control, sencillamente, no existe. Y no lo digo yo: lo admiten, a su manera, los propios altos cargos estadounidenses. En 2020 Marco Rubio, hoy secretario de Estado y entonces presidente del Comité de Inteligencia del Senado, llegó a decir que quizá sería preferible descubrir que se trata de algo no terrestre antes que de un salto tecnológico de China o Rusia. Cuando el hombre que hoy dirige la diplomacia de la primera potencia mundial llegaba a preferir a los extraterrestres antes que a los chinos, creo que la expresión "dar palos de ciego" lo describe perfectamente.

Cuidado con lo que se desea

Una última consideración, que me importa especialmente. Quien reclama el Disclosure a menudo imagina un momento liberador, casi mesiánico: hermanos cósmicos benévolos, tecnologías limpias, el fin de las guerras. Que quede claro: a mí también, como a tantos aficionados, me gustaría verlo así, pero la vida me ha enseñado a tomármelo todo con cierta prudente distancia, incluso lo que más se desea.

Por eso quiero mencionar lo que ha afirmado Jim Semivan, antiguo alto funcionario de la CIA y cofundador de To The Stars Academy, quien ha advertido en varias ocasiones de que la verdad podría ser mucho menos agradable de lo que nos imaginamos.

Un ejemplo que me parece pertinente es el caso de Varginha, en Brasil, en 1996. Los testigos describieron una criatura que no tenía nada de angelical: pequeña, de aspecto nada agradable, con la piel oscura y aceitosa, grandes ojos rojos y un olor nauseabundo a amoníaco. Nada que ver con los nórdicos altos, guapos y rubios que se describen en otros relatos de contacto.

Si el verdadero Disclosure llegara algún día y, como consecuencia lógica, condujera al primer Contacto (me refiero a un contacto extraterrestre abierto y oficial), podríamos descubrir que "ellos" no son ni guapos, ni necesariamente buenos, ni están interesados en nosotros de la manera que esperamos. Es un tema que por sí solo merecería un análisis más profundo, y me reservo hacerlo en un próximo artículo. Pero ya esta simple posibilidad cambia los términos de la cuestión.

Quizá, entonces, el verdadero dilema no sea tanto si el gobierno estadounidense querrá decirnos la verdad. Sino si nosotros estaremos preparados para digerirla.

Paolo Guizzardi


Versiones: 27/09/2026

Fuentes